Y crei en tus ojos que celoso guardabas,
en las llamas de la hoguera de tus versos,
en la demanda que tu adentro asomaba,
y en las cartas que repartiste a lo nuestro.
Crei en los adioses a tus fortuitos pasados,
en el abecedario que reconstruiste conmigo,
en el latido que no supo mentir ni estar callado,
que era tu costado, tu brújula, tu delirio.
Y creí en lo que nos ha quedado por vivir,
en el sufrir del amor indestructiblemente grande,
en tus punto y aparte de tu tú más ruín,
en el si de tu verbo, de tu hombre y de tus frases.
Creí en tu alma descreyendo tus patrañas,
en la mañana clara que nos vería despertar,
en el dar que los enamorados se regalan
y en la corbata de suspiros apretándonos más.
Y creí más allá de mis credos y percepciones,
de las razones que tus pecados turbiaban mi sien,
en el derecho y el revés con todas las emociones,
en las calmas y tizones que nos hicieron crecer.
Para terminar viéndote descorazonado hasta de tí,
huir de las verdades que el dolor dicta de frente,
volver la cara al presente y vomitar sobre pasados
que no llegan a ningún lado y te alejan para siempre.
Esencia
jueves, 3 de mayo de 2012
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